Los cuentos, los relatos, las historias que escuchan y leen lxs niñxs es necesario que estén llenos de símbolos porque el símbolo es la forma que tiene la psique de explicar lo que todavía no puede decirse de otro modo.
Desde el psicoanálisis describen que el pensamiento infantil no es lineal ni lógico en el sentido adulto: es metafórico, imaginario, sensible. Lxs niñxs comprenden el mundo a través de imágenes, personajes, escenas que condensan emociones, miedos, deseos, conflictos. Por eso necesitan cuentos. No para “aprender valores” de forma directa, sino para habitar preguntas. Un cuento sugiere, abre, acompaña… no responde, escenifica.
Los cuentos simbólicos permiten que lxs niñxs elaboren conflictos internos, desde el miedo a perder, los celos, la rabia, la rivalidad, hasta la soledad, el duelo, la tristeza… sin quedar expuestxs ni desbordadxs. El lobo, la bruja, el bosque, el viaje, la casa, el monstruo, el héroe o la heroína son formas simbólicas de nombrar lo que aún no puede decirse con palabras propias.
Cuando ofrecemos literatura “demasiado explicada”, literal, moralizante o cerrada, volvemos a ocupar desde fuera ese espacio simbólico. El mensaje ya viene dado, la respuesta se convierte en única. No hay lugar para que cada niñx haga su propio recorrido, su propia lectura, su propia identificación. El símbolo se aplana, pierde potencia.
En cambio, los cuentos con capas, con ambigüedad, con misterio, permiten que cada lectura sea distinta. Porque no se leen solo con la cabeza: se leen con el cuerpo, con la emoción, con la historia personal de quien escucha. Un mismo cuento acompaña procesos diferentes según el momento vital, la edad, la experiencia. Y eso es justamente lo valioso.
La lectura compartida, en voz alta, o explicada, crea, además, un espacio transicional, es similar al del juego y al del arte. Un espacio entre quien narra y quien escucha, entre la realidad y la fantasía, donde todo puede ser pensado sin necesidad de ser resuelto. Allí, lxs niñxs no consumen historias: las habitan.
Leer cuentos no es preparar para el futuro, ni para crear hábitos lectores, ni para aprender a leer bien… Es para el presente, para sostener el presente psíquico, los que les sucede y atraviesa aquí y ahora. Es ofrecer palabras prestadas para emociones propias, es crear imágenes que representen su paisaje interior, es permitir que lo innombrable tenga forma sin quedar fijado. Es acompañar la construcción del mundo interno.
Por eso no cualquier literatura acompaña del mismo modo. Lxs niñxs no necesitan textos simplificados, edulcorados o vaciados de conflicto. Necesitan relatos que confíen en su capacidad simbólica, que no subestimen su profundidad emocional ni su inteligencia sensible.
Así como el arte no es manualidad, la literatura infantil no es solo entretenimiento ni herramienta pedagógica. Es un territorio de elaboración, de pensamiento, de identidad. Un lugar donde se ensaya quién se es y quién se puede llegar a ser. Tal vez, también aquí, el desafío no sea enseñar a leer, sino atrevernos a ofreces historias llenas de símbolos, sin explicarlas demasiado, sin traducir el símbolo al lenguaje adulto.
Confiar en que el cuento hará su trabajo. Confiar en que la infancia sabe leer mucho antes de saber leer. Porque cuando la literatura conserva su potencia simbólica, se convierte en algo esencial: un lugar donde lxs niñxs pueden pensarse, sentirse y narrarse a sí mismxs.





